Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL 

Una de las consecuencias del proceso de emancipación que dio origen al Sionismo, es la posibilidad de conectarse al judaísmo por medio de algo más que el aspecto ritual religioso, una pertenencia nacional ligada al anhelo milenario de retorno a la tierra de Israel. Esta revolución, quizás la más grande después de la aparición del judaísmo sinagogal y rabínico, llegó junto con la era moderna que ha intentado poner en jaque, por medio del pensamiento racional, a la creencia espiritual. Hoy la sociedad Israelí se debate entre ser Israelí o ser Judía, ser Sionista o ser Religiosa, ser o no ser, pero no es esa la cuestión, sino ambas.

La expresión que da inicio a esta Parashá, Lej Lejá, “Vete para Ti” o simplemente “Vete”, ha abierto la puerta a decenas de interpretaciones a lo largo de la historia, Midrashim, alegorías, fábulas y explicaciones que han utilizado este término como artífice de lo que significa el Sionismo moderno. Una ideología liberadora, nacional, propia del pueblo judío que supo dar respuesta a la “cuestión judía” y que sigue siendo una fibra vibrante y activa en el seno de muchas comunidades.

El Prof. Rav David Golinkin en uno de sus comentarios a Parashat Lej Lejá nos recuerda por medio del Midrash (Bereshit Raba Cap. 39 y 55) que este no es el único Lej Lejá que aparece en la Torá. El Midrash juega con estas expresiones. Recordemos entonces cuáles son las dos apariciones de Lej Lejá en la Torá. La primera de ellas al comienzo de esta Parashá:

“Dijo Dios a Avram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. (Bereshit / Génesis 12:1).

Este primer vocablo doble, Lej Lejá, representa el primer viaje a la tierra prometida, el ideal del Sionismo moderno plasmado en un texto de miles de años. La conexión aquí es nacional, social, geográfica.

Sin embargo, hay un segundo Lej Lejá, menos conocido, más complejo. La travesía al monte Moriá, donde Avraham atará a su hijo, casi sacrificándolo. El nombre del Monte, Moriá, ha recibido diversos significados: Horaá, de enseñanza, como la raíz de Torá. Horaá de Or, de luz, etc. En ese monte estaría ubicado varios siglos después, el Beit HaMikdash, el Gran Templo. Dios se dirigió en ese entonces a Avraham diciéndole:

“Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, a quien amas, a Itzjak y vete (Lej Lejá) a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en sacrificio sobre uno de los montes que yo te diré” (ibid. 22:2).

Este segundo vocablo doble, Lej Lejá, representa ese segundo viaje, el ideal religioso del judaísmo, la conexión espiritual y a la vez práctica de la ley y la tradición. Rabi Levi en el Midrash (Bereshit Raba 39:9) coloca frente a frente ambos “Lej Lejá” y no sabe cuál de los dos es más importante. Hoy, pareciera que nos seguimos preguntando la interrogante de Rabi Levi. No estamos seguros si el primer Lej Lejá aquel Sionismo ferviente de muchos judíos es suficiente. ¿Puede acaso la mera conexión con la tierra de Israel suplir el lugar de la práctica judía?. De ser así, la sociedad Israelí va directo a formar generaciones de “Amei Haaretz”, de ignorantes judíos, pero que hablan hebreo. Estamos creando generaciones de judíos que crecen en la tierra de Israel, pero que no conocen la Torá de Israel. Jóvenes que nacen en el seno del pueblo del Libro, pero no conocen el Libro.

Y eso no es todo, del otro lado están quienes se han enfocado en el segundo Lej Lejá, en ese que se enfoca en el Moriá, en la ley, en el mandamiento, el precepto, en lo meramente religioso. Creando así generaciones de personas que son estrictas y apegadas a la religión judía y a sus leyes, pero carecen de un sentido nacional y libertador que trae el Sionismo. No por nada mucha gente los llama “Jaredim”, literalmente: Los temerosos. No sólo porque son temerosos de Dios, sino porque temen que la ideología moderna sionista, remplace al judaísmo tradicional. Judíos que viven en la tierra de Israel y cumplen la ley de Israel, pero desconocen el esfuerzo que se hace a diario por mantener el Estado de Israel.

Sucede entonces que Parashat Lej Lejá nos invita al equilibrio entre Sionismo y Judaísmo, sabiendo que no existe el uno sin el otro. La revolución de este movimiento moderno no podría haber surgido de no ser por el carácter religioso del judaísmo. El judaísmo religioso no hubiese logrado sobrevivir sin la revolución que trajo el Sionismo. La Sociedad Israelí se debate entre ambos “Lej Lejá”, entre lo secular y lo religioso, sin entender que no se puede elegir uno u otro.

“Ha beHa Talia” dice la Guemará, uno depende el otro. No podemos reemplazar miles de años de prácticas y tradiciones por la creencia en una ideología social y nacional, como tampoco podemos dejar a la deriva esa tradición, sin un destino nacional, geográfico, concreto, aquí en Eretz Israel.

Shabbat Shalom.