Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL

Abre la muralla, cierra la muralla.

Cuando nos decimos que somos abiertos, ¿A qué nos referimos? ¿Qué hay detrás de esa apertura? ¿Significa que para ser abierto debo renunciar a lo que soy?

En temas de identidad, como en la identidad judía, la apertura puede ser buena, la apertura nos fortalece, pero al mismo tiempo nos exige estar seguros de aquello en lo que creemos y desarrollar una identidad firme y estable. Hay quienes creen que para fortalecer su identidad judía deben desconectarse y desentenderse de todo lo que no sea judío, de todo asunto “secular” que pueda afectar su pensamiento judío. Es como si construyeran murallas a su alrededor y no le permitieran a ningún factor externo permear su visión de mundo.

Pero si están pensando en que esto es sólo válido para el mundo ultraortodoxo jaredí, están equivocados, siempre culparlos a ellos es fácil, porque son aparentemente radicales y opuestos. Sin embargo esta estrechez también afecta a judíos aparentemente liberales, abiertos, pluralistas, democráticos e igualitarios; quienes a veces en nombre de la mísmisima bendita y tan apreciada apertura, se cierran a ellos mismos tras los muros del pluralismo, muros que naturalmente son más permeables bajo la excusa de la anteriormente mencionada apertura.

Es así que volvemos a buscar el equilibrio. Por un lado cerrarse ante quienes no piensan como yo, no nos fortalece ni a nosotros ni a nuestra identidad judía, puede fortalecer nuestra autoridad y nuestro poder, pero no nuestra visión de judaísmo.
Por el otro, si en nombre de la misma apertura y libertad, digo que todo está permitido, todos pueden están invitados menos los que no piensan igual de abierto que yo, finalmente terminaré erigiendo muros. No se trata de culpar a ninguna institución o visión en particular.

Permítanme referirme a un episodio de la parashá que leeremos en Israel este Shabbat: Shelaj Lejá, en donde figura el conocido episodio de los espías, episodio que nos enseña que mientras más fuerte sea nuestra identidad, no debemos tener miedo a nada, ni tendremos necesidad de levantar ningún muro. La apertura es algo bueno amigos, y al mismo tiempo no me obliga a tener que adaptarme a los demás o cambiar mi forma de ser ante argumentos, opiniones o diversas costumbres. Al comienzo de la Parashá se les pide a los espías recorrer la tierra y evaluar las opciones existentes ante ellos. Parte de los aspectos que debían evaluar eran los habitantes de las ciudades de la misma tierra de Israel:

“Ved la tierra cómo es, y el pueblo que habita en ella, si es fuerte o débil, si escaso es o numeroso. Y cómo es la tierra en la cual él habita, si es buena o mala; y cómo son las ciudades en las cuales él reside, en campamentos o en fortalezas” (Bemidbar / Números 13:18-19).

Lo numeroso o cuantioso de una población es fácil de medir, es cuestión de ver la cantidad de habitantes. La fuerza o debilidad de la misma, eso ya es diferente. Y es la misma Torá la que da la respuesta, la fortaleza o debilidad de los habitantes se puede medir según la forma en la que vive, si en campamentos o en fortalezas, es decir, en lugares abiertos o cerrados.

RaSHI trae como comentario un texto del Midrash Tanjuma, una compilación de textos alegóricos de finales del Siglo VIII que dice:

“¿De dónde sabrán si tienen fuerza o no? La misma Torá lo dice: ‘En campamentos o en Fortalezas’ Si viven en campamentos abiertos, son firmes y confían en su fuerza. Si viven en fortalezas, es porque son débiles y su corazón es suave”.

De acuerdo a este comentario la fortaleza se mide por la confianza del pueblo en su propia fuerza, están seguros de lo que hacen y por tanto no le temen a nada; en consecuencia no tienen ninguna razón para erigir muros! Por el contrario quienes son débiles necesitan de una protección externa.

Y es maravilloso lo que señala la Torá, porque no está hablando de la fuerza de las ciudades sino “de el pueblo que habita” en la tierra. La fortaleza del pueblo se mide, entre otras cosas por la capacidad del mismo de confiar en su fuerza, en su apertura. Si bien la Torá habla de una apertura física de un lugar, pero esto es válido también en otros aspectos. El pueblo sabe que al momento de la verdad, aunque esté en un lugar abierto, tendrá cómo defenderse, en todo sentido. Podrá defenderse ante amenazas externas que atentan contra su existencia, en cuanto a su seguridad. Lo mismo en términos espirituales, un pueblo dispuesto a abrirse, sabrá pararse ante distintos desafíos incluso cuando entre en contacto con otras culturas, opiniones o costumbres.

Lo anterior no quiere decir que en nombre de la misma apertura se debe aceptarlo todo.

Lo interesante es que en este ejemplo, es que mientras más abiertos querramos ser, más debemos ahondar en nuestra propia identidad. La apertura depende de nuestra capacidad de ser quienes realmente somos, sin renunciar a nuestra identidad ni adaptarnos todo el tiempo, sin descuentos, sin rebajas.

Y por supuesto, sin levantar murallas-

Y es que quienes no se sienten seguros de si mismos, o cuando no estoy seguro de lo que hago y mi corazón se suaviza, termino por construir muros alrededor de mi, intento desconectarme de todo lo que sea ajeno a mi pensamiento. Me encierro en mi propia muralla. Y a pesar de que desde afuera se ve como una señal de poderosa fuerza, que muestra mi valentía… los ejemplos que vimos nos indican justo lo contrario, que seremos débiles y que no confiamos en nuestra fuerza autónoma.

Ejemplos sobran de un lado y del otro, de eso hablamos al comienzo. La falta de apertura no sólo esta presente en el mundo jaredí o ultra religioso, sino también en toda la sociedad y en toda sociedad.

El desafío es desarrollar una fortaleza que sea propia en la que podamos confiar. El estudio, análisis y práctica de la tradición judía nos darán las herramientas no para construir muros, sino para creer en lo que hacemos.

Shabbat Shalom.