
En el mundo contemporáneo se habla con frecuencia de tolerancia, diversidad e inclusión. Gobiernos e instituciones organizan encuentros interreligiosos destinados a transmitir un mensaje claro: distintas comunidades de fe pueden convivir en un mismo espacio de respeto mutuo.
En principio, iniciativas de este tipo deberían celebrarse. La convivencia entre religiones es uno de los pilares de cualquier sociedad democrática.
Pero a veces estos escenarios revelan una paradoja inquietante. En espacios diseñados para mostrar pluralismo religioso, una comunidad histórica simplemente no está presente.
La pregunta entonces es inevitable: ¿qué ocurre cuando la diversidad incluye a todos… menos a los judíos?
No siempre se trata de una exclusión explícita. Con frecuencia adopta formas más sutiles: una marginación progresiva que, con el tiempo, termina dejando a una comunidad fuera de ciertos espacios. Es el pluralismo que se presenta como inclusivo… pero con una silla vacía: la del judaísmo.
La historia muestra que el antisemitismo rara vez comienza con agresiones abiertas. Muchas veces empieza con algo más discreto: la aplicación de estándares distintos cuando se trata de judíos o del Estado de Israel.
El filósofo Bernard-Henri Lévy ha descrito este fenómeno como la “Shoah inversa”: la tendencia a presentar al Estado judío como moralmente equivalente a quienes históricamente persiguieron a los judíos. La académica Lesley Klaff ha explicado que el antisemitismo contemporáneo suele expresarse mediante la demonización o deslegitimación de Israel. Y la intelectual Einat Wilf ha señalado que uno de los problemas centrales del debate actual es la negativa de ciertos sectores a aceptar la existencia de un Estado judío entre las naciones.
El ex disidente soviético Natan Sharansky ha sintetizado este problema señalando que cuando Israel es juzgado con estándares que no se aplican a ningún otro país aparece una señal clara de discriminación.
Cuando esos dobles estándares comienzan a instalarse, el clima público empieza a cambiar.
Excluir al único Estado judío de espacios internacionales donde participan todos los demás países es uno de esos dobles estándares. Cuando se invita a todas las naciones a una feria, un foro o un evento cultural, pero Israel queda fuera, no estamos frente a una simple decisión administrativa. Estamos frente a un doble estándar aplicado al único Estado judío del mundo.
En el caso chileno, esta reflexión adquiere una dimensión particular. Las posiciones de Gabriel Boric como dirigente estudiantil o como diputado ya generaron controversias políticas, pero esas actuaciones pertenecían al ámbito de una representación limitada.
La situación cambia cuando se ejerce la jefatura del Estado.
Un presidente no actúa únicamente a título personal. Representa institucionalmente a toda la nación.
Por eso, devolver un regalo del Año Nuevo judío, ausentarse reiteradamente de los actos de Hanukkah de la comunidad judía o mantener durante años una actitud percibida como hostil hacia Israel deja de ser una simple controversia política. Se convierte en una señal institucional que afecta el clima de convivencia y pluralismo que debería caracterizar a una democracia.
En este contexto, la ausencia reciente de representantes judíos o israelíes en ciertos espacios podría parecer un episodio distinto. No se trataría de una exclusión formal.
Pero la autoexclusión rara vez es el punto de partida. Casi siempre es el punto de llegada de una marginación que se ha ido acumulando con el tiempo. Como explicó Albert Hirschman en su clásico estudio Exit, Voice and Loyalty, cuando las instituciones dejan de ofrecer condiciones mínimas de reconocimiento, los grupos afectados terminan optando por el “exit”: retirarse del espacio que perciben como hostil.
Cuando una comunidad comienza a percibir que su presencia incomoda, que su legitimidad es cuestionada o que su participación deja de ser bienvenida, la retirada deja de ser una decisión libre. Se convierte en la consecuencia natural de ese proceso.
Y es entonces cuando aparece la silla vacía.
La exclusión no siempre ocurre cuando alguien es expulsado; muchas veces ocurre cuando el ambiente ya no permite quedarse.
Y entonces la silla queda vacía.
Daniel Farcas
Comisión Política de la CCHIL
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