Cuando te preguntan cuál es tu película favorita, puedes responder tajantemente una sola, y el por qué? 

Muchas veces es difícil escoger entre tantas que nos han entretenido, hecho reflexionar o en ocasiones, replantearnos nuestro “aquí y ahora”; la pregunta es bastante simple, pero la respuesta no tanto. 
 
Como una buena aficionada al arte escénico de toda la vida, encontré una película que ganó el podio de manera inamovible en mi lista: The Big Fish (El Gran Pez) de Tim Burton, en la cual el patriarca de una disfuncional familia está por fallecer, y al ver a todos sus parientes reunidos en su casa para despedirlo, empieza a contarles a sus nietos historias de su juventud que van más allá de la realidad. No son los efectos especiales ni la creatividad de las historias lo que me enamoro, sino como pudo llevarme a mi infancia, cuando mi abuelo David (Z.L) me solía contar innumerables historias de su infancia, y después me dejaba horas pensando e imaginando esas “aventuras” tan increíbles que parecen sacadas de un cuento y no era capaz de distinguir la realidad de la ficción, viéndolo como un personaje sacado de una película. 
 
Hace unos años, decidí tomar un rumbo diferente en mi vida, siguiendo como ejemplo mis abuelos, salir de la zona de confort  y embarcarme en mis propias aventuras, no había tiempo que perder. Empecé en Johanesburgo, Sudáfrica en 2017, participando en un programa de voluntariado en adultos mayores de la comunidad que de durar unos cuantos meses, se convirtió en mi hogar por cuatro años, viéndome entrar de novia a la jupa, y posteriormente convertirme en madre en unas lejanas tierras. 
 
Me sentía realizada en todo aspecto, familiar, social, y laboral, sin embargo no fue fácil lidiar en un país con once idiomas oficiales (a pesar de que el ingles es uno de ellos y lo hablo bastante bien), y que pertenece a uno de los mas peligrosos del mundo. A medida que pasaban los días desde que nació mi hija, me empecé a cuestionar si merecía la pena darle todas las comodidades que podíamos ofrecerle (incluyendo un clima perfecto todo el año y la mayor interacción con la flora y fauna), pero limitándonos a las paredes de nuestra casa. Ir a un parque publico a pasar una tarde era un riesgo, menos hablar de caminar por las calles, y no estaba dispuesta a criarla en base de temores e inseguridades. Es ahí cuando llego el momento de tomar la decisión mas difícil: quedarnos en Sudáfrica, o dejarlo todo para una vida nueva, desde cero. 
Partir a Chile? No, no era una opción. Conocí a mi marido, nacido y criado en Sudáfrica en 2008, precisamente en Israel mientras ambos nos encontrábamos participando de diferentes programas por unos pocos días, y aunque en ese entonces solo fue una amistad transitoria dividida por la distancia y el tiempo, el contacto nunca se perdió, reencontrándonos 9 años después en Sudáfrica y el resto es música. Era momento de devolver la mano a este regalo, de presentarme a un hombre como ningún otro, viendo crecer a nuestra hija en el lugar que nos presento. Nada es casual, sino causal. 
 
La moneda sudafricana, el Rand, con el paso del tiempo se ha devaluado en sobremedida, “dinero de Monopoly” es como algunos le llamamos cuando viajamos al extranjero y nos damos cuenta que vivimos en esos países que, para los turistas es “una ganga” pero para los locales, es tremendamente difícil ganarse la vida y vivirla bajo los estándares básicos, pagar un seguro de salud es un lujo.
Cuando nuestro proceso de aliá iba por camino seguro, y ya teníamos una fecha aproximada de partida, empezamos a vender todo lo que no nos llevaríamos; básicamente todo menos nuestra ropa y poder llegar a destino con una base para los primeros meses. Y es ahí, cuando pensábamos que todo iba en marcha, los inconvenientes empezaron a presentarse uno tras otro sin descanso: Sudáfrica presento una nueva cepa del Covid-19, lo que nos restringió en la mayoría de los países del mundo para salir, el aeropuerto de Ben Gurión abría y cerraba, y la mayoría de las aerolíneas que podían llevarnos a Israel, cancelaban los vuelos reservados de un segundo a otro. A esas alturas, me encontraba renunciando a mi trabajo, viviendo donde mi suegra y con un nivel de ansiedad que llegaba al cielo a la espera de la tan anhelada fecha de partida. 
 
Hasta que llego el día, en que nos avisan que al día siguiente parte nuestro vuelo con destino a Etiopia, para luego volar con los olim de ese país hacia Israel. Sonaba como un viaje sin particular, hasta que ya en Addis Abbaba nos enteramos que seria un vuelo muy especial. Viajamos en Purim (leímos la Meguilat Ester en un país musulmán y con mi marido nos disfrazamos) entrando en el mes de Adar, junto a trescientos hermanos nuestros que iban por primera vez en un avión, a una vida nueva y mejor. Solo bastaron unas horas de vuelo, para ver que el mundo no es “un pañuelo”, hay mucho mas allá; el pasto del vecino no siempre es mas verde, el mío lo era y no lo estaba viendo.
Hombres y mujeres, ancianos, niños y bebes, vestidos con sus mejores ropas como si estuvieran preparados para asistir a una fiesta -algunos de ellos llevando antiguos talit sobre sus hombros- la cual sin duda alguna, era su nueva vida en la tierra prometida. No puedo describir las emociones que reflejaban sus miradas, entre temores y alegrías, ansiedad y libertad. Su felicidad era la mía, no era un simple viaje con escala en Etiopia. Estaba participando en un hecho histórico para Israel, para el pueblo judío, y no quería perderme un segundo. 
 
Volamos hacia Tel Aviv a las 3 de la madrugada, el cansancio era inmenso, la mayoría de los viajeros no hablaban ingles ni hebreo, era muy difícil entendernos, pero logramos asistirles dentro de nuestro alcance. Esperando a embarcar, los niños se le acercaban a mi hija para ver con ella los dibujos animados desde mi teléfono y se tocaban el pelo entre ellos, jugando y conociéndose sin la necesidad de hablarse, las palabras estaban de mas, y las risas de ellos colmaron el lugar. Fue increíble, cuando estábamos aterrizando, le hice un gesto a un pasajero Etíope que subiera la “cortina” de la ventana y le dije “This is Tel Aviv, welcome to Israel”.
No pudo evitar llorar, y fue en ese momento en el que me di por pagada en esta vida, sintiéndome parte de uno de los momentos mas importantes de una persona que no me conoce, pero lo único que se, es que es un hermano. 
 
Definitivamente, este será uno de mis capítulos favoritos en el libro de historias que estoy preparando para mis nietos, ser su “Big Fish” como en la película, y solo pido que la vida me siga colmando de lindas aventuras para que sean incontables, al igual que la gente de nuestro pueblo, como las estrellas en el cielo. 
Silvia Benquis