Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL

Por un si o un no

Como en aquellos libros de cuentos e historias en donde uno puede elegir cómo sigue la trayectoria del drama, así se fue conformando el libro de Bereshit (Génesis) que en este Shabbat llega a su fin. Cada suceso a lo largo del relato bíblico, desde el comienzo de la creación del mundo, hasta la historia de los patriarcas, tiene un rol fundamental en el desarrollo mismo de la historia. De un sinfín de posibilidades se fueron reduciendo las opciones hasta llegar a un punto de no retorno, en donde las opciones anteriores quedan obsoletas.

Así sucede también con nuestras propias vidas, a veces por un si o por un no, elegimos un determinado camino, cerramos una puerta y abrimos una ventana. De un sinfín de posibilidades, como el famoso juego del “Adivina quién” vamos cerrando las variantes hasta tomar un determinado camino que nos volverá a presentar nuevos senderos.

Las primeras palabras de la Torá, las expresiones con las que comenzamos el Bereshit, el génesis nos dicen:

“En el comienzo creó Elohim los cielos y la tierra. Empero, la tierra estaba informe y desordenada, las tinieblas sobre la faz del abismo y el viento de Elohim soplaba por sobre las aguas”. (Bereshit / Génesis 1:1-2).

Todo estaba delante nuestro, los cielos y la tierra, las aguas ni si quiera tenían un cauce determinado, eran informes, desordenadas. Oscuridad, luz y tinieblas se entrelazaban en una penumbra que sólo el creador pudo ir desenredando cual tejedora deshace un ovillo de lana. La tarea de la creación pareciera tener que ver más con un orden de las cosas que con la confección desde la nada.

En fin, todo estaba allí, preparado listo y dispuesto.

Sin embargo, al terminar esta Parashá, al cerrar el libro de Bereshit, Parashat Vayejí nos da el acorde final de este primer quinto de la Torá con las siguientes palabras:

“Falleció Iosef a la edad de ciento diez años, le embalsamaron y fué puesto en un ataúd, en Egipto” (ibid. 50:26).

De una infinidad variada de opciones, el génesis culmina en un ataúd en Egipto. No podría haber un lugar más cerrado que un ataúd. Y más aún en Egipto, tierra de la estrechez. מצרים Mitzraim de la palabra TZAR צר, que quiere decir estrecho. De los cielos y la tierra, las aguas, la luz y la oscuridad, todo termina en un ataúd bajo tierra.

El libro del Génesis se definió por ese si y ese no que vimos una y otra vez a lo largo del recorrido. Si Adán y Javá (Eva) no hubiese comido de aquel árbol… Todo se hubiese desarrollado en el Gan Eden (Jardín del Edén).

Si ese transeúnte no le hubiese contestado a Yosef dónde estaban sus hermanos, nunca hubiese llegado a ser tan importante en Egipto.

Si Esav no hubiese accedido a traspasar su primogenitura… seríamos Benei Esav y no Benei Israel.

Somos un cúmulo de decisiones, que nos anteceden, que nos preceden y decisiones que nosotros mismos tomamos, como en las mismas historias en las que uno elige el final… A veces elegimos la página que nos lleva directo al desenlace y a veces nos entrampamos en lo más profundo del género humano.

El libro de Bereshit culmina en un cajón en Egipto…

Pero da comienzo a la historia del Éxodo.

Se cierra una puerta, pero se abre una ventana.

Henos aquí dispuestos a comenzar a leer el libro de Shemot (Éxodo).

 

 

Shabbat Shalom.