Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL 

Shabbat Shuva

En una de sus famosas rutinas humorísticas, el conocido Coco Legrand, comentaba sobre el cambio de estatus de muchos compatriotas, conforme van ganando más dinero. De un barrio a otro, cada vez más alejados. Fuera de lo humorístico esto indica una tendencia no sólo común entre los chilenos, sino en la humanidad toda. De acuerdo a lo que recibimos, de acuerdo a lo que ganamos o perdemos, vamos cambiando nuestra percepción de las cosas, no siempre, pero hay algo de razón en aquello.

Pero hay cosas que no cambian, no importa si nos premian, nos castigan, si ganamos o perdemos, hay cosas que están ahí para recordarnos que somos seres finitos, esa es una de las últimas enseñanzas de la Torá, que leeremos en la Parashá de esta semana, Haazinu.

Este texto escrito en verso, un cántico hermoso y maravilloso con el que Moshé se despide del pueblo de Israel, comienza con las palabras que en otras ocasiones hemos aprendido:

“Prestad oídos cielos, y voy a hablar; y que escuche la tierra los dichos de mi boca” (Devarim/Deuteronomio 32:1)

De acuerdo al Sifrei, un midrash muy interesante, la razón por la que Moshé acude a los cielos y a la tierra se encuentra justamente en la eternidad y en la estabilidad de ambos. Se pregunta ese midrash: “¿Por qué utilizó Moshé como testimonio ante Israel a los cielos y a la tierra?. Puesto que les dijo: Observen a los cielos y a la tierra, que a pesar de que ambos no reciben ninguna recompensa o ningún castigo, no cambian en absoluto, no importa lo que suceda. Ustedes, que son meritorios de recibir una recompensa o son destinados a recibir castigos, con mayor razón no deberían cambiar”.

La persona que sabe que hace lo correcto, porque es lo que corresponde, no cambiará su actitud por tal o cual amenaza, por una recompensa futura, por la promesa de un premio a cambio de lo que hace. Tampoco hará o dejará de hacer algo en función de la punición que pueda eventualmente recibir. Quien hace lo correcto lo hace desde el amor, desde una convicción honesta de lo que se debe hacer. El judaísmo no se va a cambiar de un barrio a otro, sino que reside en nosotros.

Tal como aprendimos de otros comentarios a esta Parashá, Moshé al despedirse del pueblo se preocupa por la continuidad, y lo hace poniendo de testigos al cielo y la tierra, que no cambian, que son perpetuos, que no importa lo que hagamos estarán ahí.

Parashat Haazinu este año es la primera Parashá que leemos en el año y es siempre la última que se lee en el ciclo regular de la lectura de la Torá. Este maravilloso relato que va desde la creación del mundo y hasta la entrada del pueblo a la tierra de Israel nos invita a permanecer estoicos, firmes y leales a lo que somos y a quienes somos, como el cielo, como la tierra. En épocas de incertidumbre, de pandemia, de idas y vueltas, cielo y tierra se unen como dos fuerzas, opuestas, pero entrelazadas, que nos dejan a nosotros, los habitantes de este mundo como nexo entre ambas. Nuestros pies siempre posan sobre el suelo, mientras que nuestra cabeza siempre apunta hacia el cielo, somos el símbolo del equilibrio. Lo que conecta lo terrenal con lo celestial. Lo divino y lo humano. Lo carnal y lo espiritual. Así comenzamos el año, nos adentramos en Iom Kippur pidiendo perdón al Creador por no haber sido fieles a nosotros mismos y a él, por haber cambiado conforme recibimos o no una recompensa a cambio de lo que hacemos.

 

Shabbat Shalom,
G’mar Jatimá Tová.