Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL
¿Podemos acaso maldecir a alguien con algo que no sea la palabra? ¿Puede un insulto ser algo más que una expresión verbal o un gesto grosero? De ser así, ¿Qué es lo que realmente nos insulta? ¿Cómo una acción, una palabra o un gesto pueden transformarse en un insulto o en algo que nos “mal-dice”?
Más que cualquier otra cosa ofensiva, grosera o grotesca, un insulto es un trato injusto y despectivo hacia el otro. Yo puedo menospreciar a alguien no sólo por medio de las palabras, sino también por medio de la forma en la que me relaciono con ese otro. Cuando no le presto suficiente atención, en realidad lo estoy insultando. Puedo incluso hablarle a alguien con bellas palabras, no decir garabatos, no levantarle el dedo del medio, y sin embargo, puedo seguir insultándolo.
Puedo ser bien educado, pasivo y moderado con el otro, pero si en mi relación con él me veo como superior, en el fondo lo estoy maldiciendo o insultando. Aunque incluso no le diga ninguna “puteada”, sin embargo, el mero hecho de verme por sobre alguien en vez de verme como igual o como par, es un insulto hacia los demás.
Lo contrario de insultar o maldecir, no es bendecir, sino respetar.
En hebreo insultar se dice לקלל Lekalel. La raíz de la palabra viene de KAL קל algo liviano. A su vez el término Respetar se dice לכבד Lejaved, cuya raíz viene de la palabra כבוד Kavod, honor, o bien de la palabra כובד Koved, peso, peso físico de gravedad. Es decir cuando insulto a alguien le quito su peso, hago como si no existiera, como si fuera algo liviano que se lo lleva el viento. En cambio, cuando respeto, le asigno un peso a la persona, le doy su KAVOD su respeto u honra, y también su KOVED, su peso propio, esa persona para mi está presente en el mundo, existe. Lo contrario a insultar o maldecir no es bendecir, sino respetar. Lejaved en vez de Lekalel. Hacerte presente en vez de ignorarte.
La parashá de esta semana Ki Tetzé nos ayuda a distinguir entre estos conceptos. En la parashá leemos sobre un caso en el que el cuerpo de un condenado a muerte yace colgado ante la multitud, y la orden es enterrarlo lo antes posible, pues es una blasfemia, una ofensa ante Dios, un insulto:
“No harás pernoctar su cadáver sobre el cadalso, pues sepultar habrás de sepultarlo en aquel día, ya que por blasfemia de Elohim él está colgado” (Devarim / Deuteronomio 21:23)
Un cadáver colgado a vista y paciencia de todo el mundo es un insulto ante Dios. RaSHI explica que es: “Un desprecio hacia el Rey del Universo, porque el Hombre fue hecho a su imagen”. Entonces cuando insultamos a alguien o lo ofendemos, en última instancia estamos haciéndole eso al creador, porque fuimos todos creados a su imagen y semejanza.
Transformamos al otro en algo liviano, carente de peso. Y esto se puede hacer no solo con palabras, sino con hechos. Por ejemplo, cuando estoy en una reunión y pongo mi celular sobre la mesa le estoy diciendo al otro, que en realidad tengo cosas más importantes que atender. (Por supuesto que todos tenemos cosas urgentes, pero el ejemplo se entiende).
Lo mismo sucede con nuestra falta de humildad. Cuando me creo superior a los demás y pienso que valgo más por mi título, mi trabajo, mi cargo o mi sueldo, estoy diciendo que tengo más KOVED, más peso que los otros, por lo que los demás, pesan menos, son más KALIM, livianos, valen menos. Sin decirle una palabra al prójimo, lo traté pésimo de cualquier forma. Incluso en la parashá, la blasfemia no es algo que alguien dijo, sino el cuerpo colgado ante los ojos del pueblo.
Y también en estos días… previos a las elecciones.
En la esfera política hay muchas personas que insultan, con palabras y por medio de acciones. No sólo los políticos, sino también nosotros los votantes, que intentamos decir que solamente nuestro candidato es el verdaderamente apto. Sólo mi partido es el bueno, los demás están equivocados. Cuando me creo el único amo, dueño, señor y poseedor de la verdad absoluta, estoy menos preciando a los demás.
En cambio, cuando estoy dispuesto a aceptar otras visiones, sabiendo incluso que no estoy de acuerdo, estoy respetando y asignándole un valor al prójimo.
Este martes cuando vayamos a votar y coloquemos el papel dentro del sobre, habrá ante nosotros una variedad de opciones, y cada papel pesa exactamente lo mismo. Somos nosotros el pueblo los que expresaremos nuestra voluntad, respetando profundamente los resultados, incluso si no son lo que yo esperaba. La ofensa, el insulto viene cuando creo que sólo mi voto tiene peso, y sólo yo tengo razón.
Que podamos en estas elecciones respetarnos, y no “insultarnos”.
Shabbat Shalom.
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