Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL
Más de lo que necesitamos.
Una de las tragedias más grandes que se viven en la era moderna sea quizás la necesidad de tener más y más, la sensación de que lo que tenemos no es suficiente. Y esto no es porque nuestras necesidades no estén cubiertas, sino que es debido a la intensa y constante oferta a la que nos vemos expuestos. Esto no es culpa “del modelo” ni del “capitalismo”, es algo que se vive hace ya miles de años y que los seres humanos experimentamos durante siglos. Así lo enseña Parashat Jukat.
En esta Parashá nos despediremos de dos de los líderes que guiaron al pueblo por el desierto, de Aharon y de Miriam. La profetiza, la que bailó, cantó y danzó al cruzar el mar, la misma que al parecer sabía el secreto del agua. Ni bien se va de este mundo, el pueblo se queja por el agua que escasea, pero esta no será la única queja del pueblo en la Parashá. Algunos versículos más tarde, una vez resuelta la crisis del agua, con terribles consecuencias para Moshé, el tumulto se hace escuchar:
“Habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano”
(Bemidbar / Números 21:5).
¿Cómo es posible tanta queja? Se preguntan una y otra vez los exégetas, hasta nuestros días. Acostumbramos a decir que eran una generación de malagradecidos, de gente que no se daba cuenta de lo que tenía. Pero resulta ser que nosotros tampoco nos damos cuenta de lo mucho que tenemos, o sencillamente, no nos damos cuenta de lo que tenemos. El pasuk (versículo) en cuestión presenta en si mismo la contradicción en la queja del pueblo. Por un lado dicen: “Pues no hay pan ni agua”, pero al finalizar el mismo pasuk dice “Nuesta alma tiene fastidio de este pan tan liviano”. Entonces ¿Cómo es esto? ¿Había o no había pan?.
Las necesidades básicas del pueblo estaban cubiertas, había agua y pan. Puede ser que no sea lo óptimo tener que alimentarse de exactamente lo mismo durante 40 años, todos los días. Pero una cosa es la rutina y otra cosa es la carencia. Yaakov el patriarca en su viaje de Beer Sheva a Jarán le pide a Dios sólo “Pan para comer y ropa para vestir” (Bereshit / Génesis 28:20). No le pide bandejas de Sushi o Caviar y un traje de Versache para vestir. ¿Qué más se necesita para vivir que lo básico?. Agua y pan. Mientras más lujos buscamos, más pobres nos volvemos. Hicimos de los lujos, de lo extra, de lo innecesario… necesario. Hicimos de lo accesorio, lo principal y al final ni siquiera nos alcanza para lo principal, para lo verdaderamente importante.
RaMBaM, Maimónides, en su excelsa obra, Moré Nevujim la guía de los perplejos, explica que en realidad los seres humanos nos quejamos de llenos, porque al momento de adquirir una joya de plata nos preguntamos si no sería mejor una de oro, o de cristal y así sucesivamente. Cuando finalmente adquirimos lo que “queremos” (que no es precisamente lo que necesitamos) se nos hace poco, insuficiente, viejo, inútil. Cuando los inútiles somos quizás nosotros, que ávidos de más y más, nos transformamos en menos y menos. Nos pasamos la vida comparándonos con otros, sin ponernos límites, sin darnos cuenta que tenemos las necesidades cubiertas.
¿Es rutinario? Si, seguramente, pero la rutina nos da seguridad, nos da certezas y nos ayuda a construir un camino. La forma de romper con la rutina no es por medio de agregar más y más objetos o cosas o títulos a nuestras vidas, sino como enseña el principito: “Los ritos hacen que un día sea distinto al otro”. La tradición de la práctica judía se basa justamente en esos ritos.
Shabbat Shalom
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