Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL
¿Qué será de un líder que no es empático, que no sabe ponerse en el lugar de quienes lidera?
Un líder no deja de ser menos líder al ser empático y vivir en carne propia lo que vive su gente, llora sus penas, celebra sus alegrías y codo a codo vive con ellos sus dolores.
Un liderazgo que siempre habla “desde arriba”, no en el sentido literal del podio, sino que un liderazgo que no es capaz de empatizar y de mirar a los ojos a la gente, es un liderazgo perdido. Las crisis muchas veces se producen por lo mismo, por esa falta de empatía, la sensación de que el liderazgo no se involucra con nosotros, con quienes somos, con nuestros dilemas y con nuestros éxitos. Y eso sucede en muchos ámbitos, en el trabajo, también en el mundo académico, a nivel familiar, y como no a nivel social o nacional. Ahí es cuando aparecen figuras que se adueñan de causas que no les son propias, enarbolando banderas que les son ajenas, mientras otros siguen siendo indiferentes al dolor ajeno, venga de donde venga.
La Parashá de esta semana, Beshalaj, relata finalmente la salida de Egipto, después de tres semanas leyendo sobre la esclavitud, las quejas, las plagas y los preparativos; el pueblo es liberado de la esclavitud de Mitzraim. Como aprendimos en ocasiones anteriores, Am Israel canta al cruzar el mar y luego comienzan las complicaciones. No todo salió a la perfección. Israel se enfrenta a Amalek, una especie de archienemigo que será recordado con posterioridad en la Torá y en otras fuentes. El relato de la batalla es escueto, y hace hincapié en un detalle particular; y es que la forma en la que Moshé lidera esta batalla no es precisamente la más bélica o estratégica de todas:
“Vino Amalek y combatió contra Israel en Refidim. Dijo Moshé a Yehoshua: escoge para nosotros hombres y sal; lucha contra Amalek. Mañana yo voy a estar erguido sobre la cima de la colina Con la vara de Elohim en mi mano. Hizo Yehoshua como le había dicho Moshé: Luchar con Amalek. Empero Moshé, Aharon y Hur subieron a la cima de la colina.
Y ocurría que, cuando elevaba Moshé su mano, prevalecía Israel; mas cuando bajaba su mano, prevalecía Amalek. Empero las manos de Moshé eran pesadas. Tomaron ellos una piedra Y la pusieron bajo él y se sentó sobre ella, mientras que Aharon Y Hur sostuvieron sus manos, uno por aquí y el otro por aquí. y permanecieron sus manos firmes hasta el ocaso del sol. Quebró Yehoshua a Amalek y a su pueblo a filo de espada”. (Shemot / Éxodo 17:8-13)
Una batalla muy peculiar. Moshé levantaba sus manos y prevalecía Israel… De tanto levantar las manos naturalmente le pesaban. Ahí aparecen Aharon y Hur, quienes estando a lo lejos toman la piedra y la colocan bajo Moshé. Este detalle llama la atención de RaSHI, quien comenta lo siguiente, basado en un midrash del Talmud (Taanit 11a):
“¿Y por qué Moshé no se sentó en una almohada o en un colchón que son más cómodos? Porque se dijo a si mismo: Si el pueblo de Israel están el medio de la batalla y del sufrimiento… Entonces también sufriré con ellos”.
No es comparable el sufrimiento de sentarse en una roca, con el de tener que luchar una batalla. Pero Moshé, en su calidad de líder, lejos del pueblo, sabiendo que no está en la misma posición ni en el mismo lugar, a pesar de la distancia; decide empatizar. No ponerse sobre los demás sino de igual a igual. Y no lo hace para que todos lo vean y digan: “Qué humilde es Moshé”. Después de todo, en la cima de la montaña sólo lo acompañaban Aharón y Hur.
A veces le empatía pasa por la privacidad, las actitudes más grandes del liderazgo no son sólo la oratoria, la capacidad de convencer a las masas y sacarse fotos diciendo que uno lo hace “por su gente”, “por la Kehilá” o “por la ciudadanía”. A veces las cualidades más grandes de un líder se hacen presentes en el uno a uno, de tu a tu, en la conducción personal y espiritual, es ahí en donde podemos ver la empatía.
Shabbat Shalom.
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