Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL
¿Somos lo que vemos?
En estos tiempos, en días en que la comunicación y los medio han adquirido cada vez más potencia, en el apogeo de las redes sociales, en épocas en las que puedo estar en Israel y comunicarme inmediatamente con alguien que está a miles de kilómetros lejos de aquí, cabe preguntarse ¿Cómo comunicarnos con quienes SI están cerca? A veces pareciera ser que la tecnología logró unirnos, pero también separarnos. El precio que a veces pagamos por comunicarnos con quienes están lejos, es que terminamos por menospreciar a quien está físicamente cerca.
Hoy, todo pasa por las imágenes, por los videos. Lo que no se ve, es como si no existiera. El encuentro frente a una cámara o la interacción frente a una pantalla no podrán nunca reemplazar el lugar de un encuentro verdadero. Y es que no es solo la vista, son todos los sentidos los que nos ayudan a estar presentes frente al otro, frente a otra. No uno, sino todos los sentidos.
Así le sucedió a Itzjak, el segundo de los patriarcas.
Ya está avanzado en años, está envejeciendo, sus días se acortan y en su mente, en su interior, comienza a gestarse la necesidad de transmitirlo todo a las generaciones venideras. Al parecer la tradición le exige que bendiga especialmente al primogénito, su hijo mayor, Esav. Lo que no sabía Itzjak es que tras bambalinas, a espaldas suyas, se teje un plan para que sea Yaakov el acreedor de la Berajá (bendición), y no el mayor. Rivká, la mujer de la casa, ayuda incansablemente en esta planificación. Aun así, la edad le juega en contra a Itzjak, sus sentidos no están a su favor, y se encuentra en desventaja:
“Aconteció que cuando Itzjak era anciano, sus ojos se habían debilitado y no podía ver. Llamó a Esav, su hijo – el mayor – y le dijo: Hijo mío. Este dijo: Heme aquí” (Bereshit / Génesis 27:1).
Todo el encuentro que se producirá posteriormente entre Itzjak y Yaakov (disfrazado de su hermano, Esav), está basado alrededor de los 5 sentidos. Cada uno de los sentidos era necesario. Sin embargo, no fue hasta que perdió la vista, que Itzjak comenzó a sospechar, no estaba seguro, tuvo que recurrir a sus demás sentidos. Así nos enseña Rabi Yonatan Eybeschutz:
El tacto: “Acércate, ahora, que te palpe hijo mío. ¿Eres tú mi hijo Esav ó no?” (ibid. 21).
La audición: “La voz, es la voz de Yaakov, mas las manos son las manos de Esav” (ibid. 22)
El gusto: “Dijo: Acércamelo, que coma de la caza de mi hijo, para que te bendiga mi ser. El le acercó, y comió, le trajo vino y bebió” (ibid. 25)
El olfato: “El se acercó y le besó; entonces inhaló el aroma de sus vestimentas y le bendijo” (ibid. 27)
Por parte de Yaakov, el encuentro fue todo un éxito… En cuanto a Itzjak… Fue un fracaso, no consiguió reconocer no a uno, sino a sus dos hijos, y cayó en el engaño. De tanto estar acostumbrado quizás a solo relacionarse por la vista, Itzjak no logró reconocer a su verdadero primogénito, Esav.
Así sucede en nuestros días, de tanto estar acostumbrados a ver a otras personas por medio de imágenes, a través de pantallas, de Smartphones y otros, que en el encuentro verdadero con el otro nos sentimos perdidos. Sólo los ojos, sólo la vista, y vamos perdiendo los demás sentidos, los aromas y olores; los abrazos, las voces.
Fue la “visión” la que nos permitió acercar a quienes estaban lejos y hoy con un chasquido de los dedos podemos “verlos”. Sin embargo, la carencia de los demás sentidos nos hizo alejarnos de quienes están verdaderamente cerca.
Al comenzar el mes de Kislev, el mes de la festividad de las luces, de Januca, nos vemos en la necesidad de ahondar en nuestro sentido de la vista, al fin y al cabo las luminarias que encenderemos en Januca “son sólo para verlas”. Un equilibrio entre los sentidos, nos traerá acercará a un equilibrio en nuestras relaciones.
Shabbat Shalom.
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