Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL 

 

La Paz como un imperativo.

Finalmente llegó, después de 11 días de crudas batallas, Israel y Hamás (no los palestinos, sino el grupo terrorista dictatorial que gobierna Gaza) llegan a un alto al fuego. Y nos quedamos todos con un gusto amargo, porque después de varias operaciones militares del mismo tipo, sabemos que es cosa de tiempo hasta que todo vuelva a ocurrir. Del lado Israelí seguiremos siempre intentando buscar la paz, a toda costa, del lado contrario van a buscar siempre volver a destruirnos, atacar a civiles y hacer todo lo posible para que no haya paz. Israel ha estado dispuesta a devolver territorios una y otra vez a cambio de paz, ha estado dispuesta a apoyar a la población civil de Gaza, ha llevar materiales de construcción, ayuda humanitaria y permitir el traspaso de sumas estrafalarias de dinero para poder conseguir paz… Qué ironía que Hamás sepa siempre utilizar esa ayuda en nuestra contra, pero aun así, no dejaremos de hacerlo porque la paz para nosotros es un imperativo.

En la Parashá de esta semana, Nasó, leeremos la “Birkat Cohanim” la bendición sacerdotal. Los líderes religiosos del pueblo en esa época, los Cohanim (sacerdotes), bendecían al pueblo con una Berajá (bendición) que utilizamos hasta el día de hoy. Dios le ordena a Moisés lo siguiente: 

“Habla a Aharón y a sus hijos y diles: Así bendecirán a los hijos de Israel, diciéndoles:
Te bendiga Dios y de proteja.
Te ilumine Dios con Su rostro hacia ti y te agracie
Torne Dios su rostro hacia ti y ye ponga paz. 

Y pondrán Mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré” (Bemidbar / Números 23-27)

La bendición de los Cohanim termina con un pedido de paz. Del mismo modo los judíos elevamos mañana tarde y noche nuestras oraciones, lo hacemos por medio de la plegaria de la Amidá, una serie de bendiciones en las que pedimos y agradecemos, alabamos y exigimos. Esta plegaria, la Amidá, culmina siempre con un pedido de paz, la famosa frase: “Osé Shalom Bimeromav” – “El que establece la paz en sus alturas”. La frase que se transformó en plegaria y que con el tiempo ha adquirido innumerables melodías, nos acompaña tres veces por día, es esa la forma en la que rezamos. Pedimos por protección, por salud, por inteligencia, por el descanso de Shabbat, no importa cuál sea el día o la hora, no importa qué peticiones personales intercalamos en la Amidá, siempre terminamos pidiendo paz, porque la paz es un imperativo. Estas tres palabras (citadas del libro de Iov (Job) 25:2) son un anhelo constante, un recordatorio que debemos todo el tiempo trabajar por la paz.

Así como los Cohanim cerraban su bendición pidiendo que Dios coloque entre nosotros la paz, lo mismo hacemos nosotros al terminar nuestras oraciones, pedimos por la paz. No sólo eso, sino que en ambas situaciones la paz se encuentra en manos del creador y nosotros por medio de nuestras acciones debemos hacernos acreedores del mérito de poder aplicarla en este mundo. Cuando decimos: “Osé Shalom Bimromav” agregamos también “Hu yaasé Shalom Aleinu”, “nos conceda la paz a nosotros”. Un antiguo Midrash dice que al pedir que Dios establezca la paz en sus alturas, reconocemos que también en el cielo hay conflictos, y si los ángeles, que no tienen instintos, ni odio, ni deseos, se pelean unos con otros… los seres humanos, de carne y hueso, aun más. Por eso pedimos paz por medio del creador, porque es casi un milagro, el imperativo de la paz es casi un acto de intervención divina.

Cuando finalmente la hayamos alcanzado, podremos decir que hemos hecho un milagro.

Shabbat Shalom