Por David Arias Weil, Rabino y Vicepresidente II de la CCHIL

¿Hasta qué punto estamos dispuesto a renunciar a lo que somos, a nuestra esencia sólo para poder adecuarnos a un ambiente determinado?

A veces nos pasa que de pronto no actuamos como normalmente lo hacemos, simplemente porque queremos ser parte. ¿Hasta qué punto podemos renunciar a ser lo que somos?

Mientras más auténticos seamos, más sinceros, con nosotros y con los demás, podremos reflejar verdaderamente lo que sucede en nuestro interior. El dejar de lado nuestra esencia nos puede poner en peligro, puede quitarnos el alma y la existencia.

No siempre depende de nosotros controlar lo que sucede en la realidad y a nuestro alrededor, y por supuesto que un poco de flexibilidad nos ayuda a adaptarnos mejor a un nuevo ambiente. Sin embargo cuando estos ajustes y cambios, tocan nuestra intimidad, cuando yo dejo de ser yo, entonces corro el riesgo de perderme a mi mismo.

El famoso dicho popular dice: “Al país que fueres… haz lo que vieres”, ¿Pero por qué no mejor los demás habitantes del país intentan entenderme a mi también?

El judaísmo nos enseña que “No debemos cambiar, para no despertar discusiones”. Es decir, que en pos evitar caer en discusiones y peleas, y a fin de evitar pasar a llevar a los demás, no deberíamos cambiar las costumbres de un lugar. (Así lo dice la Mishná en el Capítuo 4 del tratado de Pesajim, y posteriormente el talmud así también lo discute).

Por supuesto que es preferible no cambiar la norma del lugar, sobretodo cuando soy nuevo en el, especialmente si es que el cambio que estoy por hacer puede pasar a llevar los sentimientos de otro, pero esto no quiere decir que yo estoy obligado a cambiar y que además debo renunciar a lo que soy. La famosa canción Israelí decía: “Aval Ani, Tamid Nishar Ani” “Pero yo siempre seguiré siendo yo”

Cuando se produce el encuentro con el otro, con el diferente a mi, y nosotros renunciamos a lo que somos, le quitamos la posibilidad al otro lado de conocernos de verdad. No importa si es un tema de identidad, de religión, de visión de mundo e incluso de política. No es bueno esconder y ocultar lo que somos.

El escritor y psicólogo estadounidense, Carl Rogers en uno de sus artículos dice:

“El crecimiento personal se produce cuando el guía, el terapeuta, es quien es, cuando en la relación con su cliente, es genuino, sin fachadas o caretas […] quiere decir que está siendo él mismo, no negándose a si mismo”.

Parashat Ekev continúa con el gran discurso de Moshé en el que cuenta sobre el momento en el que subió al Monte Sinai para recibir las tablas:

“Cuando ascendí yo a la montaña para tomar las Tablas de piedras -las Tablas del Pacto- que había concertado Adonai con vosotros; permanecí en la montaña cuarenta días y cuarenta noches; pan no comí y agua no bebí” (Devarim / Deuteronomio 9:9).

No sabemos cuánto puede estar una persona sin comer y sin beber, pero de todos modos 40 días parece mucho. Midrashim, interpretaciones, sabios y alegorías han intentado comprender este fenómeno de un ayuno prolongado. El libro “Maor HaAfelá” de Rabi Netanel ben Yeshayá (Yemen S. XIV), interpreta este pasaje como una especie de diálogo entre una voz racional que intenta explicar científicamente el ayuno y una visión más conservadora o religiosa que insiste en el milagro. Maor HaAfela dice que no debemos sorprendernos, que en realidad la Torá fue equiparada con el alimento y con el agua (Por eso que no pasamos más de 3 días sin leer de la Torá). Agrega Rabi Netanel diciendo que en realidad todo lo que Moshé hizo fue subir al Monte Sinaí e intentar parecerse a los ángeles:

“Y enseñaron nuestros sabios de bendita memoria, que no hay que ‘No debemos cambiar la costumbre para no despertar discusiones’, por eso Moshé cuando subió al cielo no comió ni bebió para parecerse a los ángeles, de la misma forma en la que los ángeles hace como que comen cuando vienen a la tierra”

Incluso si esta interpretación es la correcta, y Moshé se intentó comportar como uno de los ángeles, sin comer ni beber, o sin estudiar del alimento espiritual que es la Torá, el asunto sigue siendo complejo. Moshé estaba dispuesto a ponerse en riesgo para parecerse a los ángeles e imitarlos a ellos y durante 40 días se comportó de forma distinta a como estaba acostumbrado. Es cierto, la tarea requería un gran esfuerzo y una entrega total, pero de todas formas la opinión de los jajamim con el correr de los tiempos no encontró un descanso para con esta historia, quizás justamente, porque Moshé se puso en riesgo a si mismo.

Moshé renunció al pan, al agua y a su Torá para intentar pertenecer al grupo de ángeles y parecérseles. E incluso así, en su primer intento, las cosas fallaron, porque de tanto estar preocupado del cielo, el pueblo comenzó a desintegrarse, terminando en el becerro de oro. Moshé estuvo apunto de correr un riesgo un enorme, estuvo casi dispuesto a olvidar todo lo que él había sido para ajustarse y adaptarse a la nueva realidad.

La mejor forma de adaptarnos a un nuevo ambiente, es justamente NO renunciar a lo que somos. Nuestra integración en una nueva relación o a un nuevo trabajo o a una nueva ciudad, depende de nuestra capacidad de mostrarle a los demás lo que realmente somos, porque de lo contrario, sólo nos estamos negando, tergiversando nuestra esencia.

 

Shabbat Shalom.