Este texto fue escrito tras el fallecimiento de mi padre, Andrés Markovits (Z”L), hijo de judíos húngaros que reconstruyeron su vida en Chile luego de la Shoá. Más allá del duelo, esta reflexión nace como una forma de conectar con mi historia familiar, con la identidad judía que mi padre transmitió sin palabras, y con esa chispa que sigue viva gracias al amor, la comunidad y la continuidad espiritual. Lo comparto con humildad, esperando que pueda resonar en quienes también han recorrido caminos de desconexión, reencuentro y legado.

La familia
De niño, me negaba a estudiar hebreo.
“¿Para qué me va a servir?”, me decía.
Veía esas clases como algo ajeno, forzado, sin sentido. Lo mismo pensaba del judaísmo: una carga, una costumbre sin alma. No quise hacer mi Bar Mitzvá a los 13 años. Me cerré. Me burlé. Me alejé.
Pero no lo hice por maldad.
Lo hice por carácter.
Porque soy pragmático, porque me gusta cuestionar, entender, desafiar.
Siempre he sido así: me mueven las metas difíciles, las ideas que resisten, lo que no se entrega fácil.
Y en ese momento, no veía el sentido. Pero hoy lo veo con claridad.
Al salir del colegio, algo empezó a despertar en mí.
Por curiosidad, por vacío o por destino —no lo sé— empecé a leer Torá. En silencio. A escondidas del cinismo. Y de a poco, esa letra antigua me fue hablando. Sin imponer. Sin exigir. Solo susurrando verdades eternas. Y

Andrés Markovits Z:L: en la Guerra de los 6 días.

a los 19 años, por decisión propia, hice mi Bar Mitzvá.
Desde ahí, de a poco, comencé a hacer Mitzvot. No todas, no de golpe. Solo aquellas que mi alma me pedía, cuando me sentía listo. Y ahora comprendo el proceso: cada Mitzvá tiene su sentido y su momento. Nada es forzado. Todo llega cuando tiene que llegar.
El hebreo —ese idioma que rechacé— se convirtió en un tesoro. Con la Aliá, se volvió necesario, sí, pero luego me enamoré de él. De su profundidad, su poesía, su exactitud espiritual. Hoy lo hablo con fluidez, y mis cuatro hijos también. Y cada vez que lo escucho, siento que estoy tocando la raíz de mi identidad.
Recuerdo a la Morá Eva. A la Morá Matuca.
A mis Morot, que me hablaban en hebreo con paciencia, con cariño, con firmeza.
Ustedes nunca dejaron de enseñarme, aunque yo me burlara o me negara a escuchar. Gracias por no rendirse conmigo. Hoy, les hablo en hebreo con amor.
Y entendí algo más: la comunidad judía es la familia extendida.
Esa misma comunidad que me parecía pequeña, que me aburría, que me hacía querer cambiarme de colegio… fue la que siempre estuvo ahí. Siempre abierta. Siempre perdonando. Siempre acogiendo.
Y lo entendí más profundamente cuando conocí la historia de mi padre:
Llegó solo a Chile desde Hungría a los 13 años. No sabía nada. Ni del idioma, ni del país, ni del futuro.
Venía con su hermano mayor, de 17 años.
Fue la comunidad judía de Santiago la que avisó a una mujer justa, que al enterarse de que un niño judío había llegado solo, lo acogió como a un hijo.
Lo crió con amor, con firmeza, con dignidad.
El hermano mayor, aunque no fue criado por ella, también fue acogido por la comunidad, que le ofreció trabajo, lo integró, lo acompañó y le dio herramientas para empezar de nuevo.
Con el tiempo, ese mismo hermano también crió a sus hijos —mis primos— dentro de la comunidad, transmitiendo lo que él mismo recibió: pertenencia, identidad y futuro.
Todo esto —todo— es una manifestación del alma judía:
acoger al que llega, cuidar al que está solo, y convertir el exilio en hogar, el abandono en hermandad.
Mi padre…
Fue un hombre de fe profunda.
Ni los nazis ni los comunistas pudieron apagar esa chispa.
Cada día la soplaba, con suavidad, con constancia.
No fue un judío practicante, no rezaba ni cumplía Mitzvot externas, porque la guerra, la Shoa, la lógica y el dolor lo alejaron de la práctica.
Pero su fe y su amor a Dios eran eternos. Silenciosos, profundos, firmes.
Y aunque no pudo manifestarlo con rezos, cumplió la Mitzvá más importante de todas:
Transmitió el judaísmo con fuerza, amor y dignidad a sus hijos y nietos.
Siguió la cadena. Sostuvo el alma del pueblo. Y eso —eso— es más que suficiente.

Hoy hago Mitzvot no solo por mí, sino también por él, y por los judíos húngaros cuya fe fue interrumpida violentamente. Lo que ellos no alcanzaron a hacer, yo lo sigo. No desde la culpa, sino desde la gratitud y el honor.
Y ahora, el camino continúa.
Con humildad. Con amor. Con aprendizaje constante.
Pero con una certeza inquebrantable:
No estoy solo.
Tengo una familia.
Una comunidad.
Un idioma que canta desde mis raíces.
Un Dios que nunca me cerró la puerta.
Y una chispa que sigue viva…
Porque fue cuidada con amor.
Y porque ahora, me toca a mí soplarla cada día.

🕯️ Dedicatoria final
A mi padre, Andrés Markovits (Z” L) que, sin rituales ni apariencias, vivió con una fe eterna.
A la abuela Margarita Izsak (Manci) (Z” L), que crió con amor al hijo de otra madre judía, como si fuera suyo, y nos amó a nosotros como a sus propios nietos.
A su hermano, Alejandro Markovits (Z” L), que fue acogido por la comunidad y más tarde la hizo crecer con su entrega.
A todos los judíos húngaros que no pudieron dejar su legado.
Hoy lo seguimos nosotros. Con luz. Con vida. Con continuidad.

Ariel Markovits Rojas