Uno de los principios esenciales en los que me formé fue la tolerancia, ¿Pero la tolerancia a qué?  La tolerancia a las ideas y creencias ajenas. Ciertamente influenciado por haber crecido en una época de un Chile profundamente intolerante, y por el hecho que mis propias ideas, en ese contexto, no sólo no eran toleradas, sino lisa y llanamente perseguidas. Luego, se me hizo evidente que la tolerancia debía ser un principio pilar de la sociedad en la que yo quería vivir.

Por lo mismo, al cambiar mi centro de vida a Israel, me pareció coherente cultivar esta tolerancia en un sentido nuevo, dirigido más a las nuevas condiciones multiculturales, Israel es infinitamente más complejo en su composición social que Chile, conviven aquí gentes y creencias de todo tipo, no así Chile, que tiene una cierta homogeneidad en ese sentido, o al menos la tenía en 1998, el año en que inmigré.

Uno de los elementos más desafiantes que me tocó confrontar, fue la exposición al islam. Sin grandes conocimientos al respecto, asumí mecánicamente que esta fe debía respetarla igual que cualquier otra, y por años me esforcé en confrontarla desde la empatía, desde el aprendizaje de sus modos y costumbres, y como las ideas no caminan por las calles, sino son las personas y su expresión concreta de las ideas, las que uno puede confrontar en la práctica, conocer musulmanes, al menos ligeramente, fue una experiencia amigable en el uno a uno.

No vi en los musulmanes israelíes indicios de que sus ideas fueran menos respetables que las mías.

Sin embargo, vi también que había una versión del islam que se expresaba violentamente, los grupos que vi como extremos, insistían en el uso de la violencia contra la sociedad israelí.

Luego mi concepción tolerante y democrática fue asumir que eso no era el islam, sino más bien una expresión marginal y extrema.

Recuerdo que, en este esfuerzo, inscribimos a nuestros hijos a estudiar en un colegio primario multicultural, para que tuvieran la oportunidad de crecer dentro de los patrones culturales de otras creencias también, no sólo en la identidad cultural propia, el resultado me sorprendió.

Un buen día, finalizada la primaria y ya en secundaria en un colegio israelí normal con mayoría casi absoluta judía, pregunté a mi hijo cuál era su opinión de los árabes, musulmanes por supuesto, y me dijo con toda seguridad, son gente violenta. Impactado por esta conclusión de un niño, le pedí detalles, y efectivamente agregó algunos datos anecdóticos, pero ilustrativos para fundamentar su convicción. Ese fue un momento de introspección. Sentí que nuestro esfuerzo formador había llegado a un puerto inesperado.

Después del 7 de octubre, es casi una utopía dudar del carácter violento del islam, pero siento que mi sorpresa es también la sorpresa de mucha gente progresista de Israel. Jamás hubiésemos esperado este nivel de brutalidad.

Es probablemente también, lo que ocurre en la mente del chileno medio que rechazó la brutalidad de Hamas, pero en mí, a diferencia del chileno medio, habita la convicción de que no es un hecho protagonizado por un grupo marginal, sino que es el resultado lógico de una creencia que en sí es violenta.

Si uno hace un recorrido rápido por los países musulmanes, podrá ver con meridiana claridad que la tolerancia no existe. Que no hay espacio para aquellos que no piensen exactamente como ellos, y no hablo ya de judíos, cristianos y otras minorías religiosas diversas, sino que no tienen tolerancia ni siquiera entre ellos mismos y su propia diversidad.

Luego la barbarie de Hamas no es una excepción sino la norma.

Un ejemplo, el islam tiene una muy clara descripción de qué es lo que un captor puede hacer con su prisionero en una guerra, pues el captor puede hacer todo lo que estime conveniente, porque esa persona es un enemigo del islam. Ciertamente una perspectiva escalofriante en la situación actual de Israel con más de 130 secuestrados en manos de Hamas.

No hay ahí un acercamiento a los derechos humanos, ni a la tolerancia, ni a nada de lo que los occidentales consideramos obvio, civilizado y necesario.

Hay pues, en nuestra visión tolerante del mundo, un peligro de miopía, vemos lo que podemos y queremos ver. El islam, señores, es una religión extremista e intolerante, que no quiere convivir en paz con los otros. El islam quiere ser la versión dominante y única, y su estrategia expansionista no se detiene en los reveses que ha sufrido históricamente, su objetivo es uno, aunque sus estrategias se adapten.

Entonces, cuando aparecen en Chile inocentes mezquitas a través del país, aunque no hay suficientes musulmanes para usarlas, cuando aparecen centros culturales que acogen funcionarios vinculados al grupo terrorista chiita Hezbolá, cuando circulan por Santiago gazatíes con visas de estudiantes que no estudian nada, hay que empezar a preocuparse.

El islam extremo no puede actuar aún de forma directa en Chile, pero usa la misma estrategia de Irán a través del mundo con sus proxies, sus intermediarios legalmente habilitados para actuar en función de sus objetivos.

Entonces hay que preocuparse, cuando el extremismo islámico usa sus proxies de HispanTV, un canal de televisión gubernamental Iraní en español, y abre un programa a Daniel Jadue para destilar antisemitismo, y lo suma al espacio que ya mantenía su socio Pablo Jofreé como servidor del régimen ayatola, siendo el mercenario ideológico de turno.

Cuando las municipalidades con alcaldes pro-árabes enarbolan discursos anti-sionistas, hay que preocuparse, no sólo porque es un avance más de la intolerancia, sino que es un primer, o segundo quizás, paso del avance del islam en Chile.

Cuando el Movimiento Juvenil Lautaro vandaliza centros judíos a lo largo de Chile, hay que preocuparse seriamente.

Suecia, Francia, España hace 20 años abrieron sus puertas al multiculturalismo y entre medio al islam, hoy el islam envenena sus cuerpos sociales.

¿Cuánto tiempo le tomará al islam avanzar en la sociedad chilena?, es una pregunta abierta, pero sus proxies, los palestinos y los anti-sionistas, ya están instalados y pisan fuerte.

 

Hernán López