Uno de mis buenos amigos en el kibutz se ha voluntarizado en una dependencia donde son depositados los cuerpos de nuestros muertos para su reconocimiento, le toca estar con las familias en esos momentos de espera donde el dolor se hace insoportable.
Tom, así se llama mi amigo, me decía que de todas las posibilidades de voluntariado que existían había tomado esa precisamente porque el dolor es un área donde siente que puede moverse por diferentes razones que no es el caso detallar ahora.
Me hizo mucho sentido lo que decía en tanto como chilenos, crecido en dictadura, comparto en parte esa experiencia con el dolor, el horror, la muerte, la tortura, los secuestros, el miedo, la pérdida, el vacío, son cosas que mi generación integró como un dato más de la realidad.
Por eso me resulta incomprensible la indiferencia con que fue recibido el ataque de Hamás a Israel por la izquierda chilena, no puedo entender como los chilenos que saben en carne propia que es un secuestro de un amigo o un familiar, que conocen la tortura, que saben lo que es el asesinato de niños y que conocen las traumáticas experiencias de los quemados y degollados, simplemente guarden silencio, o de una, lisa y franca hostilidad, al dolor de Israel.
Obviamente uno podría plantear algún tipo de filtro ideológico, de visión geopolítica o cierto marco teórico que lo explicara….pero la verdad, no me compro esos subterfugios. Claramente la izquierda solidariza con todos los pueblos del mundo, y su dolor, excepto con uno, y eso se llama antisemitismo. Claro que hay honrosas escepciones, pero a grosso modo el dato es evidente.
A todos aquellos a quienes he planteado esta tesis han reaccionado con eufórica molestia esgrimiendo el clásico de los clásicos del antisemitismo, de que ellos son antisionistas no antijudíos, y menos antisemitas.
Me voy a abstener de rebatir esta narrativa pues me parece tan débil que no quiero perder tiempo en ella.
Quiero volver al tema del dolor, llegué el año 98 a Israel solo, dejé atrás familia y amigos y en ese desamparo emocional mi comunidad, mi kibutz, se hizo mi familia, hasta que llegó mi pareja también a Israel y conformamos una familia nuclear, Carolina, así se llamaba mi ex esposa, y mis dos hijos, Itai y Anahí, ambos nacidos aquí.
Pero Israel es un país pequeño que tiene una peculiaridad muy exraordinaria, hay una noción de pertenencia y de identidad colectiva muy potente, entonces , de a poco, mi familia no se hizo sólo mi núcleo, mi kibutz, sino toda la gente de mi entorno, la comunidad de la escuela, la gente de las lecherias, los soldados, los inmigrantes, los chilenos, los latinos y así hasta que hoy puedo decir, sin temor a equivocarme, que todo Israel es mi familia.
Por supuesto , como en todas las familias hay quienes con los que te llevas mejor, o otros menos bien, por ahí hay incluso algunos con los que no te llevas para nada, pero son familia igual.
El horror del ataque de Hamás pues me golpea en lo más profundo de mi emocionalidad, porque los muertos, los torturados, los desaparecidos…son todos mi familia.
Confío en que los chilenos lo entenderán, cada nombre en el informe Reting no es sólo un nombre, es una parte del alma colectiva que se hizo pedazos. Lo mismo nos pasa aquí.
Me contaba mi amigo Tom que ayer había hecho un dibujo, había dibujado hombres, mujeres, niños ancianos, de diferentes tipos entrelazados en una gran cadena humana, eso me dijo, eso para mi una familia, un hogar.
Hoy, mientras escribo estas líneas nuestros soldados entran a Gaza, entran ahí a rescatar a nuestros familiares secuestrados, entran a vengar a nuestros muertos. Hoy la casa de Israel lucha por su supervivencia. No es la primera vez, por cierto. La defensa de nuestro hogar ha sido una condicionante del estado aun antes de que fuera un estado.
En el fondo se escuchan las bombas y sólo puedo rogar por los míos, porque vuelvan salvo a casa, porque la paz vuelva a las ciudades. Hoy defendemos nuestro familia, nuestro hogar, nuestro futuro.
Hernan López
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