Daniel Farcas

Una y otra vez, a lo largo de la historia, los judíos han intentado ser aceptados.
Han apostado por la integración, por la asimilación, por la idea de que si se comportaban como los demás —si hablaban, vestían, trabajaban, incluso pensaban como los demás— serían finalmente acogidos como parte de la sociedad.
Pero la aceptación plena nunca llega.

Incluso los pioneros del sionismo moderno, como Theodor Herzl y Leon Pinsker, no comenzaron su camino hablando de autodeterminación. Primero creyeron en la promesa de la Ilustración. En la esperanza de que el judío podía, por fin, ser ciudadano.
Que Francia, Alemania, Europa, el mundo moderno, serían distintos.
Pero no lo fueron.
Y una y otra vez, la historia demostró que al judío no se le persigue por lo que hace, sino por lo que es.

Según la poderosa definición de Haviv Rettig Gur, un prejuicio cualquiera espera que el otro cambie una actitud, una acción o un comportamiento para ser aceptado —y eventualmente perdonado o redimido.
El antisemitismo, en cambio, no espera un cambio: espera la desaparición.
Es una negación de la existencia misma del judío.

Fuente de la fotografía INFOBAE

Hoy, esa falsa promesa de aceptación reaparece en una forma aún más insidiosa: la ilusión de redención a través del progresismo.
Muchos judíos creen que, si critican con suficiente dureza a Israel, si se alinean con causas populares o si expresan solidaridad —a veces ingenua, a veces interesada— con el relato palestino, serán eximidos del juicio colectivo.
Pero esa expectativa es tan falsa como peligrosa.
No importa cuánto se distancien de su pueblo, cuánto denuncien, cuánto renieguen.
Para los antisemitas, siguen siendo judíos. Y eso es suficiente.

El progresismo contemporáneo —que alguna vez abrazó causas nobles— hoy cae también en esta trampa.
Buscando nuevas banderas, termina apoyando regímenes dictatoriales, justificando atrocidades y condenando a la única democracia de Medio Oriente.
Es el caso del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, quien se ha convertido en portavoz de la dictadura venezolana y en vocero contra Israel, mientras guarda silencio frente a crímenes reales.

La diferencia con líderes como Felipe González no puede ser más evidente.
Uno defendió los derechos humanos con valentía; el otro se doblega ante el extremismo ideológico, abandonando los principios que alguna vez inspiraron al socialismo democrático.

Pero no se trata solo de progresismo ni de política.
Se trata de un fenómeno más profundo.
Se trata de la persistencia del antisemitismo, con sus mil caras.
A veces viene disfrazado de causa social, de lucha por los derechos humanos, de empatía mal entendida.
A veces se presenta como crítica legítima, como debate político, como sensibilidad cultural.
Pero detrás de muchas de esas máscaras, sigue habiendo lo mismo de siempre: el rechazo al judío por ser judío.

Y aquí es donde las palabras de Einat Wilf son esenciales:

> Cuando a un judío se le exige criticar a Israel como condición para ser aceptado, en realidad se le está obligando a desprenderse de una parte esencial de sí mismo.
Se le obliga —simbólica y culturalmente— a dejar de ser judío.

No se trata solo de Israel.
Se trata de identidad, de valores, de dignidad.
Y de no seguir apostando por una redención que nunca llega.
Es tiempo de abrir los ojos.
De dejar de pedir permiso para existir.

Daniel Farcas