Boris Donskoy nació en Temuco, Chile, en 1967.
Arquitecto de profesión y fotógrafo por vocación, descubrió desde muy temprano que las imágenes podían decir aquello que las palabras apenas alcanzan a sugerir.

 

Su primer acercamiento a la fotografía llegó a través de revistas internacionales de cuidada edición, donde cada reportaje desplegaba un universo de luces, sombras y composiciones que encendieron su imaginación. Poco después, la cámara familiar se transformó en una extensión natural de su mirada, acompañándolo en paseos, viajes y en el silencioso descubrimiento de la belleza cotidiana.

Durante sus años en la Pontificia Universidad Católica de Chile, el croquis y la fotografía avanzaron siempre de la mano. Ambos lenguajes se convirtieron en formas complementarias de observar el mundo con atención, de comprender el espacio y de detener el tiempo en instantes irrepetibles.
Ese camino encontró un punto de inflexión en 2014, con el encuentro con el fotógrafo Luis Poirot. En el taller de la calle Huelén, en Santiago, descubrió un espacio donde la fotografía se vivía con la misma intensidad con la que se respiraba. La extraordinaria biblioteca de Poirot abrió nuevas ventanas hacia la obra de los grandes maestros, mientras que el aprendizaje del laboratorio en blanco y negro, junto a Fernanda Larraín, le reveló que una fotografía también nace en la penumbra del cuarto oscuro. Aquella etapa culminó con la exposición colectiva Sales de Plata, presentada en el Centro Cultural Las Condes, en Santiago.
Desde entonces, la película en blanco y negro ha dejado de ser un simple soporte para convertirse en su lenguaje esencial, el medio a través del cual dialoga con la luz. Revelar y ampliar personalmente cada imagen forma parte de un proceso íntimo, casi ritual, donde cada fotografía madura lentamente hasta encontrar su forma definitiva. En ese tránsito, su obra busca desprenderse de lo superfluo para quedarse únicamente con lo esencial, con aquello que persiste cuando todo lo demás se desvanece.
Su trayectoria como fotógrafo ha sido deliberadamente silenciosa. Durante años eligió crear lejos de los focos, permitiendo que las imágenes existieran primero para sí mismo. Sin embargo, en tiempos recientes, la difusión de su trabajo en plataformas especializadas ha permitido que esa mirada íntima encuentre nuevos espectadores, recibiendo reconocimientos que confirman la solidez de una obra construida con paciencia, coherencia y profunda honestidad.
En sus fotografías emergen paisajes donde el silencio parece adquirir voz, arquitecturas que revelan el paso del tiempo y retratos que buscan el alma antes que el rostro, configurando así los ejes de su exploración visual.
Actualmente reside en Haifa, desde donde continúa fotografiando en blanco y negro, convencido de que cada imagen es, en esencia, una conversación entre la luz, el tiempo y la memoria.

 

 

 

 

 

 

 

Doriana Kriguer