Por Karina HR

 

¡Hosanna, hosanna al hijo de David! Con esta aclamación se da comienzo a la Semana Santa en todo el mundo. El calendario litúrgico católico proclama el tiempo de cuaresma, un tiempo de penitencia y de profundizar los misterios de la pasión de Cristo, quien se retira para ayunar durante 40 días y 40 noches en el desierto antes de comenzar su vida pública.

 

Así, durante este periodo de casi seis semanas, la Iglesia invita a los cristianos a contemplar y a vivir los misterios de la pasión y la resurrección de Cristo.

 

El único día de fiesta en este tiempo litúrgico, el Domingo de Ramos, nos recuerda la proclamación del pueblo de Israel a Jesús como rey, que comienza en la parte más alta del Monte de los Olivos, en la Iglesia de Betfage, donde según la tradición, los discípulos habrían recogido el burro allí atado para sentar sobre él al Señor y proclamarlo con la muchedumbre “Rey de Israel” hasta las puertas de Jerusalén (Jn 12; 12-19).

 

La afluencia de miles de cristianos locales y peregrinos de todo el mundo para recordar ese gran acontecimiento en el que los israelitas espontáneamente lo proclaman como “Mesías, hijo de Dios vivo”, reúne todos los años a miles de cristianos de toda denominación que alabando y proclamando “Hosanna, hosanna al hijo de David”, “¡bendito el que viene en nombre del Señor, hosanna!” (Jn 12: 13) bajan con gran euforia desde la parte más alta del Monte de los Olivos , al sonar de la música, las palmas y las alabanzas símbolo de la alegría de seguir proclamando después de 2000 años a Jesús de la misma forma descrita por el evangelio: “Rey de toda la creación”.

 

Si bien la actitud de Jesús se mantuvo al margen del acontecer político de aquel entonces, él mismo acata como todo buen ciudadano las órdenes y leyes del Gobierno romano en curso: “Dad al César, lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21) y paga sus impuestos como es debido. Las falsas acusaciones del Sanhedrin de querer colocar la persona de Jesús como un personaje político ante Poncio Pilatos, quien buscaría con su actitud una rebelión contra Roma, representa un anhelo intrínseco de los sacerdotes, maestros de la ley y el pueblo por la llegada de un Mesías político, un nuevo Moisés que los liberara del dominio romano y una intriga para condenarlo a muerte. Su muerte en la Cruz es sin lugar a duda un hecho inevitable, dado que sin su muerte no puede haber redención. 

 

Más la actitud del Señor se centra en la conversión individual, en la liberación interior, en la búsqueda de una vida plena de Gracia y en la negación del pecado para la construcción de un templo interior y la búsqueda de la voluntad de Dios día a día en nuestras vidas. 

 

Es el entusiasmo de la multitud en agradecimiento a su obrar con su propio pueblo que le quiere dar un lugar simbólico y privilegiado en este mundo, al que Jesús al comparecer ante Pilatos responde con la frase: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18. 33-37). Sí viene a reinar, pero nuestros corazones. Sí nos viene a liberar, pero del pecado al inmolarse en la Cruz por nosotros. Sí hace de cada uno de nosotros, por el bautismo, templo del Espíritu Santo. Y con ello, cada cristiano no solo vive en la alegría del Señor, sino que también en la esperanza de la Resurrección, en el reino que Jesús prepara cuando, dejando esta vida, vamos a la vida en plenitud en su presencia Santa. 

 

Este es el punto de inicio de la Semana Santa y los últimos días de la cuaresma, que finalizará una semana más tarde en el día de la Pascua de Resurrección, donde la Cristiandad exclama con júbilo: “Ya no está aquí, ha resucitado como lo había dicho” (Mt 28, 6).

 

Los días siguientes, desde el Lunes Santo hasta el Domingo de Resurrección, son días decisivos para el cristiano penitente, que con una actitud de recogimiento interior quiere acompañar a Jesús en su sufrimiento, que no se limita a lo acontecido en la Cruz, a su flagelación y muerte, sino también a la infidelidad de su pueblo que a pesar de todo su actuar benevolente, su predicación, milagros, sanciones, resurrecciones y toda la manifestación de su deidad aquí en la tierra, le dieron la espalda y no quisieron creer. Por todo lo anterior, llora amargamente y predice lo que hasta ahora acontece en Jerusalén diciendo: “Si tú también conocieras este día el mensaje de paz, pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. (…) y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra porque no has conocido el tiempo de tu visita” (Lc 19.42 y 44). La narración del Evangelista San Lucas, desde el punto de vista histórico hasta la actualidad del día a día en Jerusalén, nos muestra claramente que la profecía de Jesús sigue vigente y latente. 

 

El viernes Santo en Jerusalén es de participación abierta para todo aquel que quiera venir al Santo Sepulcro y a las demás actividades durante la Semana Santa. La invitación se dirige a todos los cristianos (de toda denominación) y para los hombres de buena voluntad, que iluminados por la luz de la Fe quieran conocer los misterios de la pasión y resurrección de Jesús.

 

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Así como en aquel entonces, como nos narran los evangelios y frente a cientos de testigos, Jesús resucitó y se manifestó públicamente dando testimonio de la omnipotencia de Dios. 

 

Con mis deseos sinceros que esta semana Nuestro Señor Jesucristo los colme de sus gracias y bendiciones, les deseo una buena Semana Santa y Feliz Pascua de resurrección. ¡Jesús ha resucitado! Como lo había dicho, ¡aleluya! ¡aleluya!