Qué difícil es poner en palabras la sensación que nos inunda día a día desde ese negro 7 de octubre. Es como si la angustia fuera crónica, se atasca en el pecho y no quiere salir. Tratamos de seguir con nuestras vidas, pero nunca seremos los mismos desde ese día.

Aunque la guerra termine, se desmantele a Hamas y devuelvan a todos los secuestrados, cada israelí y judío en el mundo quedará con una cicatriz en el corazón que nunca más se va a borrar. Porque todos conocemos a alguien que fue asesinado, secuestrado, que está peleando en el frente o que cayó luchando por el país.

Intentamos abrazar a las familias, unirnos y acompañarlos, al mismo tiempo en que luchamos por seguir con nuestras propias rutinas que ya no son rutinas. Ver la lista de caídos cada mañana con ese miedo de encontrarnos con alguna cara conocida. Familias completas que viven con ese miedo de recibir esa visita que nadie quiere recibir. Con ese miedo de escuchar la peor de las noticias.

El país se enluta una y otra vez, al mismo tiempo que queremos mostrarles a nuestros niños que la vida sigue y que todo estará bien. Les pedimos que no tengan miedo cuando nosotros mismos estamos temblando por dentro.

¿Cómo enseñarles a ser resilientes si nosotros mismos no podemos superar los últimos dos meses? Algunos juntan ropa para las familias que lo perdieron todo, otros llevan comida a los soldados, otros recolectan donaciones. Hay quienes nos enrolamos en la lucha contra el antisemitismo en redes sociales y en los medios de comunicación. Pero qué difícil es mostrar fortaleza en momentos en que el cuerpo y el alma ya no pueden más.

Porque estamos rotos. Nos vamos armando de a poco, juntando fuerzas de dónde no las hay y nos volvemos a romper cuando vemos las noticias cada día.

Esta guerra no la buscamos. Pero la vamos a ganar. Aunque no seamos los mismos. Aunque a ratos reímos, la vida está detenida desde el 7 de octubre.

Cada uno carga con su propia mochila y lidia con su realidad personal sin dejar de formar parte de la del país. Porque todos somos parte de esto. Y lo que da fuerzas es que esa angustia crónica no es una sensación solitaria. Todos y cada uno de nosotros es parte de ella como un gran rompecabezas. Donde todas las piezas son esenciales para construir la fortaleza que tenemos como pueblo.  No importa con quien hablemos del tema. Si es con la familia, con el vendedor de la panadería, compañeros de trabajo o el chofer de buses. Ahora, todos compartimos ese sentimiento de una u otra manera.

Porque estamos rotos. En pedacitos. Pero seguiremos. Porque es una lucha por nuestra existencia y por la de nuestros hijos, las futuras generaciones y todo el pueblo de Israel. El león se despertó. Y pesar de las heridas, como sociedad las vamos a sanar. Y a pesar de que las cicatrices no se borran, nos volveremos a levantar. Y viviremos, claro que viviremos. Con el alma parchada, seguiremos adelante. Porque el pueblo de Israel está vivo. Más vivo que nunca.

Siván Gobrín